

Lo que un sacerdote hace, de verdad.
No es una figura distante ni un ideal abstracto. Un sacerdote trabaja, discute, ríe y acompaña — dentro de una vocación seria y elegida con los ojos abiertos.


Un sacerdote en la colonia, en el hospital, en la mesa.
Celebra sacramentos, sí. También media conflictos familiares, visita enfermos, organiza catequesis, y conoce por nombre a quienes llegan sin cita. La parroquia no es un templo — es un barrio.
En Tijuana eso significa cruzar fronteras culturales, económicas y generacionales cada semana. Los sacerdotes aquí no trabajan desde la distancia — trabajan desde adentro.
Discernir no es sentirlo.
Es examinarlo.
El discernimiento le pide a un hombre que observe su propia vida con honestidad — sus hábitos, sus afectos, lo que lo mueve y lo que lo cansa — y que haga preguntas sin exigirse certezas antes de tiempo.


Tijuana necesita sacerdotes de aquí.
No figuras importadas. Hombres que conozcan estas calles, estas familias, este idioma de frontera. El seminario existe para formarlos — si estás dispuesto a preguntar en serio.
